Photo by Alexandra Gorn on Unsplash

Había una vez una familia muy humilde. Constaba de un padre, una madre y una pequeña niña de 7 años llamada Amanda que siempre, absolutamente siempre, sonreía. Aunque a la vista de algún desconocido esta era simplemente una familia común y corriente, había algo que hacía a esta familia un tanto peculiar. Siempre estaban juntos y siempre estaban felices.

La casa en la que vivían era muy pequeña, constaba de una sola habitación que se encontraba completamente vacía a excepción de una vieja cama en el centro de todo. Era una cama muy básica, color blanco con flores rosas y manchas de orina. No tenía patas, era simplemente el colchón en el piso. Era muy extraño que la casa no tuviera cocina, sillones, mesas o sillas. Sin embargo, esto no importaba ya que nunca estaban ahí. Por lo general iban al parque, unas veces a caminar y jugar. Otras veces compraban un helado o algodón inflado y se lo devoraban sentados sobre una banca, viendo a los pájaros y platicando de sus días. En otras ocasiones el padre maravillaba a la niña con fantásticas historias sobre princesas, dragones y un valiente príncipe que iría a su castillo para rescatarla, solo para terminar siendo rescatado por ella, y al final vivirían felices para siempre. Pero lo que más les gustaba era recostarse a mirar las alocadas formas de las nubes y voltear a verse el uno al otro y sonreír. Estaban ahí todo el día, todos los días, Amanda no iba a la escuela, sus papás no trabajaban, pero de alguna forma sobrevivían. Finalmente, cuando se hacía de noche, caminaban de vuelta a casa, Amanda sentada sobre los hombros de su padre, mirando el cielo, la luna y las estrellas, siempre sonriendo. Una vez en su casa, se recostaban los 3 en la pequeña cama en el centro de la habitación, le daban ambos padres un beso de buenas noches a Amanda, y permanecían abrazados por varios minutos hasta que Amanda caía rendida, con una sonrisa de oreja a oreja iluminando su rostro.

En la mañana, Amanda seguía aún con esa misma sonrisa, pero mientras se despertaba fue desvaneciéndose lentamente al darse cuenta de que estaba ella sola en la cama. Se levantó y se sentó a las orillas de la cama unos segundos con los ojos aún cerrados. Palpó su entrepierna con una mano para verificar si no se había orinado, mientras se limpiaba las lagañas con la otra. Cuando finalmente recobró su visión, volteó alrededor y su sonrisa se borró por completo cuando vio a las demás niñas en sus camas, la mayoría aún dormidas, otras ya despiertas y sentadas sobre su cama como ella lo hacía. “Ya despiértense niñas” gritó la señora Magda mientras crecía un poderoso murmullo de niñas despertándose. Amanda suspiró y se aguantó las lágrimas ante lo que venía, otro largo día esperando la hora de dormir para volver a estar con sus papis.

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